¡CELEBRAMOS EL CUERPO DE CRISTO!

¡Qué bueno que la Iglesia tenga un día y una celebración especial para el cuerpo de Cristo! Sin embargo, no la tiene para “el alma de Cristo”, pese a lo que podríamos sospechar dado el espiritualismo y la vaporosa experiencia religiosa de muchos cristianos: pastores y pueblo. Honrar el cuerpo de Cristo es valorar la materia (¡la “santa materia” de que habló Benjamín Subercaseaux!), es reconocer la nobleza y la dignidad de lo concreto, de la realidad palpable, de la obra del Creador trabajada por el ser humano. . Es un dato importante que aporta la fe cristiana en un mundo cada vez más intangible, más “virtual”. Es un reconocimiento a lo terreno, aunque da la impresión que la misma Iglesia ha masticado este hecho pero no lo ha tragado a lo largo de su historia: le ha salido más fácil “espiritualizar” a Cristo y todo lo que a él concierne y así desentenderse del problema; creer realmente en el cuerpo y sus posibilidades, amar el cuerpo, valorarlo, emplearlo con todos sus sentidos para la vivencia humana que es al mismo vivencia tiempo religiosa, se le ha hecho muy cuesta arriba a los cristianos. Hay razones: la raíz judía de la fe cristiana, el pensamiento griego que quiebra al ser humano en cuerpo y alma como entidades separadas, las doctrinas heréticas del menosprecio de la materia como homenaje a Dios, herejías que han dado sustrato a un sinnúmero de devociones y espiritualidades flagelantes…todo ha ayudado a esta lamentable realidad.
Por eso es bueno y oportuno que la Iglesia llame a celebrar el cuerpo de Cristo. Por lo demás, es un reconocimiento y a la valoración de cada persona humana y de toda la comunidad, pues la misma fe afirma que somos prolongación del cuerpo de Cristo a lo largo de la historia. Precisamente por eso, que la celebración del Corpus no se nos vaya solamente en procesiones o adoraciones del Santo Sacramento: allí la presencia real de Cristo nos debe motivar para buscar y encontrar su otra presencia, la que tiene más fundamento bíblico y que se nos queda más olvidada: su santo cuerpo estropeado y hasta envilecido en tantos hermanos y hermanas que no cuentan en una sociedad “cristiana”.

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Un reconocimiento: ¡cumpleaños feliz!

Desde hace unos meses estoy siguiendo la programación de un canal de TV internacional que se titula Eternal Word Television Network (EWTN) conocido también como el Canal televisivo de la madre Angélica.
Lógicamente he quedado espantado. Los mensajes que allí se dan, los presentadores (verdaderamente impresentables en su mayoría), la estructura de la parrilla (en términos del medio comunicacional), las solemnes y estrafalarias liturgias llenas de reverencias, humos y ornamentos brillantes, todo me lleva a ubicarme en una religión que desconozco. No es esa la nueva evangelización que recién han proclamado los padres sinodales en Roma. Mucho menos es la iglesia comunitaria, sencilla, popular, fraterna y solidaria que dibujó la asamblea de obispos en Aparecida, en la línea de lo que se había dicho en Puebla y Medellín.
En ese Canal de TV todo está vuelto hacia atrás.
Y de todo ese enjambre de programas inocuos, entrevistas que actúan como repelentes para los que creemos en otro tipo de iglesia, pero que hay que reconocer que tiene muchos televidentes, de predicadores moralistas asustados porque el mundo es malo, yo salvo solamente a la monja fundadora, la madre Angélica, no por lo que dice en sus monsergas repletas de banalidades, sino por el esfuerzo de su vida. Que una mujer de origen muy humilde, hija de familia de italianos emigrantes a USA, que conoció el hambre en su infancia, que siendo monja se atrevió a romper esquemas de su monasterio, que con un empeño colosal ha sido fiel a una idea (por más momificada que sea) y haya logrado crear un verdadero imperio comunicacional que mueve millones de dólares en el gordo mundo, y hasta se haya convertido en fundadora de una congregación masculina (los Misioneros Franciscanos de la Palabra Eterna) merece reconocimiento. No cualquiera hace tanto. Está en el polo opuesto respecto a las monjas contestatarias de USA que miran de frente a los monseñores de Roma y no agachan la cabeza; pero esta madre Angélica se las trae y eso hay que reconocerlo. La monja desconocida que nació el 20 de abril de 1923 y que inició su locura televisiva en el garage del monasterio donde vivía y que ahora es un imperio más de 150 millones de hogares, en más de 140 países y territorios y usa la televisión vía satélite y servicios de radio, redes AM y FM, radio de onda corta en todo el mundo, un sitio web en internet y una división editorial, ha realizado una obra grande. Con razón el entonces papa Benedicto XVI le concedió la “Medalla Pro Ecclesia et Pontifice”, la condecoración más alta que otorga el Vaticano.

Rita Antoinette Francis Rizzo, que ése es su nombre verdadero, cumplió en abril pasado 90 años. Desde esta humilde página la saludo con respeto por su vida trabajosa aunque no comparto con ella sino solamente el que ambos creemos en que Dios es bueno.

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ENSAYO DE CATEQUESIS.

Me encuentro con un amigo y nos ponemos a conversar. Y como tantas veces, a poco hablar con un cura, sale el tema religioso como si los curas no habláramos de otra cosa. Yo quería hablar de fútbol, de lo bien que va Magallanes este año, quería hablar de cosas sociales, del patético circo de la mala clase política (porque la política en sí es digna y recomendable al ser preocupación por la casa de todos que es un país), quería hablar de lo bien que trabaja la morocha de la película The Batterfly Effect (en realidad tengo cierta debilidad por las morochas desde mis años verdes), quería hablar de la obsesión que tienen los yanquis de meterse en las peloteras del Medio Oriente… en fin, hablar de cosas de este mundo donde Dios me colocó para realizarme, y mi amigo dale que dale con hablarme de temas religiosos. Tenía un lío con eso de la resurrección de los muertos. Me preguntaba (y movía la cabeza como diciendo todo esto debe ser el cuento del tío más grande la historia) cómo va a resucitar un cuerpo que fue cremado, por ejemplo.
Me acordé del catecismo que aprendí hace mil años atrás. En realidad decía cosas tan ilógicas pero con tanta seguridad que las creí: cuando se muere- decía- el alma se va a los cielos o al infierno o al purgatorio o al limbo, y el cuerpo a la sepultura y vuelve a la tierra de donde fue formado. Pero en la resurrección se levantará de nuevo y se unirá de nuevo a su alma y ya no se separarán jamás.
Con el paso del tiempo fui aprendiendo que todo esto es un misterio de fe. Por lo tanto no es demostrable ni comprobable científicamente. Desde luego nadie ha regresado después de su muerte a contarnos qué pasa al otro lado. Entendí que el catecismo que me enseñaron tenía muchas afirmaciones que jamás podría probar fuera de la fe. La razón humana también rechaza muchas de esas afirmaciones porque no puede entenderlas ni explicarlas. Lo del limbo jamás aparece en la Biblia; lo del purgatorio choca con la justicia de Dios que no es como la del ser humano: si Dios es amor (y eso sí que lo dice la Biblia) su justicia es pura misericordia. Lo del infierno parece más un castigo desmedido porque las ofensas y las ingratitudes por grandes que fueren, no pueden superar la misericordia divina. Queda el cielo y eso sí es aceptable a la misma razón humana porque si Dios creó este mundo (y a nosotros nos metió en esta historia) no es para condenarlo sino para invitarlo a la vida.
¿Qué pasará después de nuestra muerte? No lo sabemos. Hay cientos de libros gordos y miles de predicadores que hablen de esto, pero no lo sabemos.
Mi amigo insiste: ¿Pero cómo vamos a resucitar? Tampoco lo sabemos, pero podemos sospecharlo porque lo vemos cada día en la misma naturaleza.
Un “cuesco” de durazno (como decimos en Chile al carozo, pepa, hueso, semilla de una fruta, aunque en España sea algo más sonoro) el labrador lo mete en tierra. Y allí se pudre. Se muere. Pero de ahí mismo, de esa muerte, brota un tallito que después será una planta, un árbol que dará frutos. Lo que sale nuevamente de la tierra no es el carozo o cuesco o pepa o semilla. Es el durazno. Un lirio es un lirio siempre, aunque antes de serlo fue un bulbo subterráneo que debió morir como tal para dar salida a un tallo que sale a la superficie.
Y le dije: tú, querido Juan Tránsito Canales, amigo mío, con tus orejas de paquidermo, tu nariz de aguilucho y cabello medio cano, un día te vas a morir, la tierra te va a disolver, pero la fe nos dice que resucitarás. Resucitarás tú, Juan Tránsito Canales, no tus orejas ni tu nariz ni tu pelo canoso.
¿Cómo será eso? Será como le sucede al durazno y al lirio.
No sé si me entendió. Pero yo no tenía otra explicación que ese ejemplo que me doy a mí mismo cuando me pongo a pensar en estas cosas que me superan.

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LA VERDAD LOS HARA LIBRES.

Conocí a Manuel Hervia y a su familia cuando fui párroco en mi querido Curanilahue hace 25 años atrás. Porque Manuel es de ese pueblo de la minería del carbón y de esa comunidad católica vibrante que dejó el anterior párroco Inazio Garau. Estuvimos juntos en algunas luchas por la dignidad de nuestro pueblo humillado durante la dictadura. Lo dejé de ver cuando él era párroco en Santa Juana. Supe de él cuando llegó a Santiago y estuvo de capellán de la Posta central, un trabajo sacrificado y arduo por el ambiente, las urgencias y la marea de dolientes generalmente gente popular. Supe que hace tres días atrás estuvo en la editora donde trabajo (ECCLA) en busca de una de nuestras publicaciones: la nueva Guía de la Iglesia en Chile, pero no pudimos vernos por estar yo fuera. Ahora participo de la alegría de todos los que consideramos a Manuel un buen cura, al saber lo que nos cuenta Marco Antonio y que comparto con ustedes.

Queridos hermanos y hermanas, amigos y amigas:

Con mucho gozo comienzo este día con muy buenas noticias. Un amigo cura acusado vilmente de abusar de menores, ayer tuvo la gozosa noticia del sobreseimiento definitivo de la causa por falta de mérito y por falta de pruebas (en la justicia civil). La acusación fue una brutal calumnia, le destrozaron su vida personal. Lo vejaron por más de dos años; junto a una religiosa de avanzada edad.

Hoy viernes temprano, al leer mis correos me encuentro con un mensaje de Manuel. Me ha emocionado la noticia y le he llamado de inmediato. Está contento, en paz y a la espera de la restitución plena de su ministerio sacerdotal.

Nada cuesta destruir la imagen con estas gravísimas acusaciones cuando son infundadas, mucho cuesta restaurar la  fama. Siento un deber moral contar y multiplicar esta maravillosa noticia, porque en algo ayuda a hacer justicia. Quisiera  que la prensa lo haga con la misma profusión con que propaló el escándalo.

Tuve el privilegio de estar cerca de Manuel en esta larga pasión, sé de sus penas, de su pobreza, de su abandono y marginalidad. Aun recuerdo la conversa que tuvimos mientras caminábamos acompañando el cortejo de nuestro común amigo Pierre Dubois; ese día  encomendamos a Pierre la intercesión porque esa anhelada justicia para Manuel fuera realidad; hoy ha llegado ese día. He compartido con Manuel la impotencia y la esperanza en Dios que no defrauda.

La verdad nos hace libres.

Un abrazo,

Marco A. Velásquez Uribe

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¡Nos pusimos lentes!

En Buenos Aires me encontré con Marta Boiocchi, laica, misionera en Haití por varios años, participante activa de la familia claretiana. Y, como se acostumbra en estos casos cuando se encuentran dos amigos, nos pusimos a arreglar el mundo. Me hizo un comentario muy atinado que comparto con los seguidores de este blog que he tenido abandonado desde hace un mes. Me dijo: “¡Cómo estuvimos de mal que no nos dábamos ni cuenta siquiera de la situación!”.Me quedé pensando.
Yo ahora creo que nos pasó lo de don Príamo, un vejete que vivía cerca de la casa de mi familia allá en la calle san Nicolás del barrio de San Miguel, en Santiago de Chile. El hombre estaba muy miope. Confundía las cosas. Vivía en cierta penumbra. Y todo terminó cuando por fin fue al oculista y le dieron lentes para ayudarle a mirar el mundo. El viejo quedó estupefacto: ¡veía los colores de su propia casa que entes para él eran plomizos! ¡Veía cosas que antes le estaban ocultas! ¡Podía leer el periódico sin tener necesidad que le contaran las noticias! Todo aquello que era tan normal y tan sencillo para todo el mundo, a él le parecía un descubrimiento.
Algo así nos está pasando con el papa Francisco.Como si el pueblo católico y los comentaristas de las cosas religiosas se hubieran, por fin, puesto lentes para superar la miopía. ¿Escuchaste? ¡El papa habló por teléfono! ¿Lo viste en la tele? ¡El papa usa zapatos negros! ¿Supiste? Francisco le acercó una silla a una visita que le fue a conversar! ¡El papa vive en una casa para curas frente al Vaticano! ¡Qué bárbaro, al papa le regalaron una camiseta de San Lorenzo de Almagro! ¡Qué maravilla, Francisco hace preguntas y se ríe cuando le habla a la gente reunida en la plaza de san Pedro el día domingo!
Ciertamente que la pregunta-exclamación de mi amiga Marta es contundente: ¡Cómo estábamos de ciegos, que nos asombra que un papa sea como la gente!
Creo que es muy positivo lo que está pasado: que la papolatría baje el tono y que el obispo de Roma sea un hermano que debe cuidar de toda la familia sin colocarse sobre ella sino dándole el ejemplo de sencillez que necesitábamos. Es bueno tener un papa más humano, más pastor, más cercano.
Y para terminar, una anécdota irreverente pero que viene al caso. Es un hecho que mucha gente “endiosa” a los curas y a los monseñores. Como si no fueran personas de carne y hueso. Recuerdo que en Curanilahue, un hermoso pueblo de la minería del carbón donde tuve la dicha de servir como párroco junto a otro claretiano, Carlos Vargas, hace unos años, sucedió esto: mi hermano Carlos era y es fumador obsesivo. Y una tarde en que encendía su décimo cigarro lo vio una de las señoras que acudía a la parroquia. Era una de esas beatas que se escandalizaba de todo y por todo. Se acercó a Carlos y le reprochó: “¡Pero, padre Carlos, usted está fumando, qué horror!” Y el bueno de mi hermano le dijo mientras aspiraba con placer el humito del pucho: “sí, señora, fumo, y qué. Y le digo que también hago pipí y de vez en cuando lanzo gases. ¿Algún problema?”
Dicen, pero no me consta, que a la beata la vieron dos meses depués haciendo puerta a puerta con un grupo de testigos de jehová.

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EL DERECHO DE NACER

Empieza nuevamente en Chile la discusión llamada malamente del “aborto”. Digo que malamente se dice así porque nadie, ni siquiera el más perverso, degradado y demoníaco ser humano, pretenderá legislar sobre la muerte. Lo que deberá hacerse es legislar sobre la vida y todo lo que a ella le favorezca. Así creo necesario legislar sobre el derecho a nacer, a ser querido, a crecer y a realizarse como persona. Desde luego esa legislación deberá contemplar situaciones que nadie quiere pero que se dan por la naturaleza de las cosas, y en ese caso tendrá que hacerlo, pero según el principio de doble efecto.
Este principio ético que algunos creen que lo inventó algún jesuita por lo que tiene de sinuoso, en realidad lo estableció Tomás de Aquino una pila de años antes. La aplicación de la noción de “doble efecto” en una legislación sobre la la familia presenta un terreno delicado, muy sensible, no apto para brutos del análisis social, pero absolutamente legal, moral y posible.
Se trata de un tema de Estado que hay que dialogar entre todos los actores sociales. La medicina tiene aquí la primera palabra fundada en la ciencia. La creencia religiosa- basada en la fe- puede entregar su opinión indicativa.
Por mi parte, y abriendo diálogo sobre el tema para los 505 amigos a los que envío este correo, señalo que estoy por legislar sobre la familia y que esa legislación debe contemplar que el aborto es un hecho social por condenable que sea. Así como hay que legislar sobre el libre tránsito de las personas, para proteger la vida de los transeúntes y los conductores, aunque esa ley deba contemplar la existencia de choferes y peatones borrachos o imprudentes.
Acerca del aborto en sí, me declaro abiertamente en contra. En mis 45 años de cura me ha tocado escuchar lamentos y ver muchas lágrimas de mujeres que han abortado. Jamás me ha tocado escuchar a alguien que se enorgullezca de eso. Muchas veces han sido personas que han abortado siendo muy jóvenes, sin apoyo familiar, bajo amenazas, con miedo y desorientación, sin haber tenido un consejo positivo. Y ¡además cargan con un complejo de culpa imborrable! En la mala catequesis o en la mala predicación que alguna vez escucharon, se sintieron “excomulgadas”, separadas del amor de Dios, en pecado. Y cuesta enormemente que se perdonen a sí mismas, porque Dios nunca consideró pecado un hecho cometido sin conocimiento de la gravedad que tenía, o sin voluntad libre de asumirlo.
Algunas veces me ha tocado acompañar a alguna mujer anciana que a la hora de muerte logra expresar lo que le ha cargado la conciencia como un peñasco durante 50 o 60 años de su vida.
Es cosa seria el tema del aborto porque remece y se anida en las fibras más secretas del corazón humano.
Los varones no nos damos cuenta de lo que significa para una mujer una decisión de esta naturaleza. Tomamos muy livianamente este drama. Una vez, hablando con un compañero de estos temas, me dijo que la solución era sencilla: ¡Bah!- dijo-. ¡Bastaría con que no abrieran las piernas! Pero no es así. Se trata de abrir la vida entera para que otra vida empiece su caminar entrando en el gran río de la humanidad. Quitarle el derecho a vivir es un abuso. Algunas feministas a ultranza dicen que ellas tienen la potestad de hacer lo que quieran con su cuerpo y con su vida. Pero en el abortando están haciendo lo que quieren con el cuerpo y la vida de otro.
Viene la campaña parlamentaria y presidencial. El tema estará en primer plano. Hay ya muchas voces vociferando por una Ley del aborto. Que den gracias a sus madres porque no opinaron lo mismo. Lo que hay que hacer es legislar acerca de la familia y en favor de la vida. Y esa legislación, para que sea completa, debe contemplar sin duda las situaciones negativas. Pero será un efecto no deseado, como dijo Tomás de Aquino.

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EL PAPA Y EL PEPE.

Me hubiera gustado ver el apretón de manos entre el Papa y el Pepe. No se pudo dar porque el presidente de Uruguay, Pepe Mujica, no viajó a Roma para asistir al comienzo del “ministerio petrino” de Bergoglio y envió a su vicepresidente. Me hubiera gustado porque son dos personas que se la juegan por los mismos ideales sociales, aunque han estado separados por algo más que la anchura del Río de la Plata: uno en Montevideo y el otro en Buenos Aires. Uno con un pasado guerrillero y el otro con un pasado jesuita, lo que es parecido pero no es lo mismo. Uno con ancestros paternos españoles y el otro con abuelos italianos. Uno con historia familiar campesina y el otro con pasado ferroviario. Pero quizá e distanciamiento mayor sea el que uno es ateo y el otro es creyente.
Precisamente esa fue la razón que dio el Pepe para no ir a Roma a la investidura papal que se da siempre en una eucaristía: “no somos creyentes y además Uruguay es un estado laico” señaló la esposa del presidente, Lucía Topolansky.
Amplia brecha, por lo tanto, existe entre el Papa y el Pepe.
Pero hay que considerar también lo que los une: la pasión por la humanidad. Y eso, quizá sea mayor que las diferencias. El Pepe ha dado muchas muestras de su preocupación por los marginados sociales y por elevar las condiciones de vida del pueblo. Los llamados al respeto por la creación, al diálogo entre las personas, a la bondad por encima de la violencia, a la cultura del encuentro por sobre las odiosidades, que hizo el Papa en su primer discurso oficial los podría haber firmado también el Pepe con las dos manos.
Ambos se parecen, además, por haber llevado una vida austera, alejada de los oropeles del poder, por sentirse bien en los segundos planos, por la sencillez y la cercanía con toda la gente. El Papa, que ama sus zapatones gastados y el Pepe que odia las corbatas, son más parecidos de lo que puede pensarse. Y la increencia o la fe que los separa, al final del camino se verá que es una sola vía: ni al Pepe ni al Papa le preguntarán si asistieron a Misa sino si miraron y trataron de socorrer las penas de los necesitados de pan y de esperanza (Mateo, 25).

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¿Un Papa distinto?

He tenido la oportunidad-y el gusto- de estar con el cardenal de Buenos Aires, Jorge Bergoglio, en cuatro ocasiones: en un par de eucaristías, en una cena comunitaria a la que se le invitó en una de nuestras jornadas y en un asado en el patio interior de la casa central de los claretianos en la capital argentina. En las misas le escuché pedirnos que fuéramos curas que nos involucráramos en los temas de la gente, en sus necesidades de calidad de vida. En el asado llegó simplemente para acompañar a uno de sus buenos amigos, Gustavo Larrazabal, que celebraba su cumpleaños. En esa ocasión hablamos- entre otras cosas- de lo mal que entonces estaba el Club San Lorenzo, del cual es hincha y seguidor. El cardenal es así: sin etiquetas, sin protocolos. Habitualmente se iba a las parroquias a saludar a sus curas, llegaba solo viajando en la locomoción ordinaria de la ciudad y si el cura estaba ocupado, se sentaba a esperar en la salita de recibos de la oficina parroquial.
Conocí a un hombre de bajo perfil, austero, sencillo, amigable. Poco amante de los primeros planos, con un sentido de rectitud muy definido y sin componendas con lo que cree injusto o lucran del poder. Tiene palabra fácil, un orador interesante y especialmente agudo en las ideas y los análisis. En estos momentos el gobierno de Cristina Fernández debe estar izando todas las banderas pero sabe que Bergoglio ha sido una piedra en el zapato elegante de la primera dama de la nación.
Se dice que en la elección de Benedicto ya el cardenal de Buenos Aires había acumulado muchos votos. Ahora fue elegido con bastante rapidez, lo cual es señal de que hay deseos profundos de reforma. Veamos por qué.
1)Se trata de un latinoamericano. Esa realidad ya es un puntapié al armario y por lo tanto desordena la muy estructurada organización de poder en el Vaticano. Su mentalidad, su experiencia, su estilo, debe llevar aires renovadores a Roma ¡y vaya que se necesitan!
2)Es un obispo “extranjero” para la curia romana. No está comprometido con los grupos de poder, ni el clima de insidias que el mismo Benedicto XVI denunció en la hora de su despedida. Es la persona indicada para hacer la limpieza que el pueblo de Dios espera en todas la organización eclesial.
3)Es un jesuita. Si hasta ahora se hablaba del “Papa negro” aludiendo al poder que tenía el superior o prepósito general de la Compañía de Jesús, ahora aparece un jesuita también como “Papa blanco”. La benemérita Orden que ha dado tantos santos, tanta teología, tanto espíritu misionero y también tantos dolores de cabeza en la iglesia adquiere una categoría especial: una plataforma espectacular para entregar lo mejor de sí porque otra iglesia es posible. Un Papa perteneciente a una orden o congregación religiosa no ha sido lo habitual en estos tiempos. Desde hace 190 años, no se daba esta situación, cuando murió el benedictino Barnaba Niccolò Maria Luigi Chiaramonti, conocido como Pío VI.
4)El nuevo Papa es hombre de estilo familiar. Al salir al balcón en su primer saludo al pueblo romano y al mundo, habló como obispo de Roma. No usó la palabra Pontífice, ni Papa, ni Vicario de Cristo. Simplemente pidió al pueblo de Roma que hiciera oración por su nuevo obispo, como queriendo decir al mundo que en Roma no habrá un sumo sacerdote sino un hermano que tiene responsabilidades especiales en la familia y que tiene necesidad de ser acompañado por el pueblo y su oración.
5)Bergoglio dio señales muy fuertes de cambio en el estreno de su cargo. No se vistió con toda la ornamentación esplendorosa de capisayos, roquetes, estolas y mucetas sino que usó la sotana blanca sin más adornos que la cruz pectoral que es la misma que usaba en sintonía con todos los obispos argentinos. Se autoimpuso el nombre de Francisco. Esto es sintomático: Francisco fue aquel rebelde que dejó los lujos de su casa y se internó desnudo en el bosque con unos cuantos amigos y amigas deseosos de vivir sin oropeles, sin poderes, sin estruendos ni trompetería, para hacerse amigo hasta de los lobos. Francisco fue aquel iluminado que escuchó un día como una inspiración divina las palabras que lo animaron a trabajar por la iglesia como meta de su vida: “Reconstruye mi iglesia”. Otra señal muy fuerte ha sido su petición de oración y su gesto de inclinarse para hacerla,invitando a cien mil personas a orar desde la raíces de alma, logrando un silencio sobrecogedor en la enorme plaza llena de banderas y ensordecida por los gritos.
El nuevo Papa ha dado señales de salirse del esquema de los “santos padres”. Bienvenido sea. Con su llegada al Vaticano por la ancha puerta de la confianza de la iglesia entera, sin duda se producirá el alejamiento, por puertas, ventanas y escondrijos, de toda una manada de cardenales curiales, con sus respectivos equipos, encabezados por Angelo Sodano.
Son muchas las esperanzas para un cambio contundente en la organización eclesial.
Y como el Papa es jesuíta, no dudará en que todo sea “Ad majorem Dei gloriam”.

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ESTO COMIENZA, SEÑORES

En pocos días más empezará el cónclave. Ciento quince ancianos asumen la responsabilidad de elegir a quien deberá ser el guía de la iglesia católica, que también es anciana porque lleva sobre sus espaldas unos 1700 años de historia. Antes de eso fue, por 300 años, un conglomerado de comunidades cristianas que se organizaban en diferentes poblados humanos del medio oriente.
Demasiado peso para correr.
Pero es un iglesia que a pesar de su propia edad y la edad de los electores papales, padece el trauma de la necesidad de sentirse joven. Sueña con andar por el mundo vestida de deportista, con zapatillas livianas, lentes para el sol y gorra de béisbol. Pero la realidad es que se viste de capisayos, túnicas, capas recubiertas de filigranas y granulados,casullas, dalmáticas y mitras punteagudas. Muy poca agilidad tendrá con esas vestimentas anacrónicas para correr a la par de un siglo XXI que goza en andar desnudo: de ropas, de tradiciones éticas y hasta de principios de convivencia.
¿Cómo será el nuevo guía de la comunidad católica en el redondo mundo? Me parece que si no se despoja del peso de los ritos principescos, de los cultos impactantes, de los tesoros propios de museos más que de una iglesia peregrina, de una teología medieval, de unas reglas morales herméticas y de un sistema imperial de gobierno, cualquier personaje que asuma el pontificado romano será más de lo mismo.
La barca de Pedro no puede llevar tanto peso histórico sin peligro de hundirse y los navegantes quedar manoteando en alta mar pidiendo a Cristo que les tienda su brazo, como aquella vez en el humilde lago de Galilea.
¿Tendrá el nuevo Papa la sabiduría y la energía para alivianar la nave?
Lo que dijo Malaquías.
Porque, además, hay gente ingenua que cree que se trata del último Papa y, entonces, hay que desbrozar el campo de tanta maleza, para estar preparados para el juicio final. Así se cumpliría la profecía o la fábula atribuida a un tal san Malaquías.

Todo esto ha traído una ola de conjeturas acerca de la sucesión: se lanzan nombres al ruedo como si fuera una campaña política o una competencia de suerte. El gran argumento, que de raciocinio tiene nada porque es pura fe, es que el Espíritu Santo actúa en esas ocasiones. Pero lo concreto es que al Papa lo eligen los cardenales, hombres de carne y hueso, y que el Espíritu Santo sin duda debe estar presente, pero para cuidar a la Iglesia de las elecciones hechas por los cardenales.

Ahora, otra vez el colegio cardenalicio es fuertemente europeo y con clarísima connotación tradicional (no de Tradición sino de tradiciones): hombres “seguros” en la doctrina clásica a la que le cuesta una barbaridad entrar en un diálogo sereno, respetuoso y confiado (de tú a tú) con el mundo moderno; hombres “fuertes” en legislación y, al parecer, con más pastoral de escritorio que pastoral de la calle, allí donde realmente están las gentes que andan preguntando por Dios; hombres buenos y hasta santos, pero también algunos de ellos un tanto manipuladores y arribistas. De todo hay en la viña del Señor. De solo pensar que estamos en la sede vacante en manos del cardenal Angelo Sodano se producen escalofríos.

Siempre que hay elección de nuevo Papa aparecen también muy difundidas las llamadas “profecías de Malaquías”. Según ellas, el próximo Papa tiene un título latino muy curioso: “ Petrus Romanus”.

¿Qué querrá decir Malaquías con esto?

Nadie lo sabe. Y creo que Malaquías tampoco.

¿Quién fue Malaquías?

¿Pero quién era este señor que dejó escritos estos títulos definiendo a los pontífices de la Iglesia?

Malaquías nació en Irlanda, a comienzos del s. XII, de familia pudiente y cristiana.

Se educó a la sombra del abad Imario, en Ardamaca, y fue ordenado presbítero a los 25 años de edad.

Su arzobispo lo nombró vicario general, pero el hombre prefirió la vida eremítica. A pesar de ello fue nombrado obispo de Concrech.

Al morir Celso arzobispo de Ardamaca, llamaron a Malaquías para pastor de esa comunidad. Al tiempo renuncio y volvió a Concrech.

Hizo viaje a Roma, en 1139 y asistió al Concilio de Letrán, y de paso fue a Claraval, donde hizo amistad con San Bernardo. En un segundo viaje a Claraval, en el año 1148 murió en ese monasterio y San Bernardo escribió su vida, en la que le reconoce ciertos dones proféticos. Solamente a través de los escritos de San Bernardo ha llegado hasta nosotros la vida de ese monje-arzobispo.

En 1590, Arnoldo de Wyon descubrió en una biblioteca de Roma un manuscrito inédito e ignorado atribuido a Malaquías donde se contienen las profecías acerca de los Papas desde Calixto II, en 1143, en adelante. El libro fue impreso en 1595.

Cada Pontífice está designado por un título o inscripción latina que indica ya sea su origen o algún hecho notable de su pontificado.

A ese listado de inscripciones, los estudiosos (entre ellos Moreri y Vallemont) han hecho corresponder los nombres de los correspondientes Papas.

Ciertamente hay cosas curiosas en ese texto. Desde luego, títulos que no coinciden en absoluto con el Papa al que se le aplica, pero también existen interesantes coincidencias. No olvidemos que el libro fue publicado escrito por el año 1140 y publicado en 1595.

Los más conocidos aciertos:

Ex eremo celsus: Celestino V (1294), quien fue un ermitaño.

Peregrinus apostolicus: Pio VI (1775-1799), quien debió salir de Roma, conducido a Francia en un viaje lleno de peripecias. Poco después de llegar a Francia murió y Napoleón ordenó enterrar su cuerpo en Roma.

Aquila rapax: Pio VII (1800-1823), quien coronó a Napoleón en la catedral de Notre Dame. Su pontificado estuvo marcado por la sombra y las garras de Napoleón, llamado “aguila” y que realmente fue rapaz al apoderarse de media Europa.

Crux de cruxe: Pío IX (1846-1878), el Papa de más largo pontificado y en el que debió sufrir la cruz de la persecución hasta perder los llamados Estados Pontificios.

Religio depopulata (Religión desbaratada): Benedicto XV (1914-1922), quien inicia su pontificado al comenzar la primera guerra mundial, y quien debe padecer la persecución de la Iglesia en el Este Europeo con la revolución bolchevique.

Pastor et nauta (Pastor y marinero): Juan XXIII (1958-1963), quien al ser elegido Papa era cardenal de Venecia (la ciudad marinera de Italia) y que fue un buen Pastor que el mundo ha reconocido. Llamó al Concilio Vaticano II.

Tras Juan Pablo II (De labore solis: Del trabajo de sol a sol) ), viene Benedicto XVI “De gloriae olivae” (de la gloria del olivo) y el último de la lista llamado Petrus romanus.

En la última persecución se sentará en la Sede Pedro Romano, en tiempos de mucha tribulación. Después vendrá el juicio universal. Habrá que vivir para verlo.

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MARX EN EL CONCLAVE.

Aunque al beaterío de la iglesia católica se le vuele la boina al conocer este dato, tendrá que aceptar que Marx entrará al cónclave y que, con los votos de la mayoría de los cardenales, pueda ser elegido Papa.
Tal como suena: con barbas y todo. Marx podría ser elegido sumo pontífice, y podría colocar su texto “El Capital, alegato en favor de la humanidad” a la altura del Catecismo Católico. Marx escribió ese libro para desnudar el sistema capitalista salvaje que depreda a la naturaleza y a las personas. En el texto “propicia una economía social de mercado y le sirve para advertir sobre las reformas que se están promoviendo hoy para superar la crisis y que parece que solo favorecen a las grandes empresas a costa del ciudadano. Lanza un grito a favor de un Estado social que promocione a las personas, que limite la codicia y que busque la justicia como el verdadero camino a seguir” (Vida Nueva”). Si la iglesia defiende esto en favor de la dignidad de la persona humana, dejará, sin duda, de ser el opio del pueblo. Porque la obra creada por Dios no puede ser impunemente arrasada, y en ella, la persona humana, hecha a su imagen y semejanza debe realizarse en plenitud.
Marx, alemán de nacimiento, hijo de un sindicalista, intelectual agudo, de cara redonda y de barba canosa, escritor de “El Capital, alegato en favor de la humanidad”, hombre de contextura gruesa y de sesenta años, entrará al cónclave y sentará bajo un baldaquino en la capilla sixtina. Cuando empiecen a contarse los votos y la voz de uno de los escrutadores repita su nombre por 74 veces, Marx se habrá convertido en obispo de Roma y pastor de la iglesia católica universal. Quién lo hubiera imaginado.
Si es así, desde ahora saludamos al nuevo Papa, el cardenal Reinhard Marx, arzobispo de Munich.

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